El centro estaba precioso lleno de música, buen ambiente y mucha fiesta. Sin muchos rodeos nos sentamos en un puesto del Wine Fest y entre risas, anécdotas y confesiones nos acabamos dos botellas de vino. Acto seguido decidimos dar una vuelta y fuimos a los jardines del centro donde nos tumbamos a comer chocolate. En este ciudad no existe el agobio.
Tras esperar a unos amigos nos fuimos a por algo de comida alemana, unas salchichas rellenas de queso riquísimas que nos devoramos en segundos. Para finalizar el día, nos bebimos nuestra última botella de vino al son de una banda alemana que estaba amenizando el festival.
Anécdota del día: sentados en el césped veíamos a un niño que no paraba de correr y dar vueltas alrededor nuestra. En una de éstas, mientras comprobábamos el metro que debíamos coger para poder volver, se pone al lado nuestra a ojearlo y cuando le preguntamos algo se hacía el extrañado y se ponía a correr de nuevo.
Enseñanza del día; todos tenemos una historia detrás y hemos dejado mucho para estar aquí.
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