Se me ha instalado en mi garganta muy cerquita de las cuerdas vocales.
A veces, hace el fuerte y no me deja apenas tragar saliva.
Otras, es mucho más liviano y únicamente juega con mi voz haciéndola más ronca.
Hay días en los que pasea conmigo y decide bajar hasta mi estómago para allí establecer su campamento.
Puedo sentir cada una de sus estacas.
Ya estoy cansado de no poder sentirme ligero y de tener que cargarlo siempre a mis espaldas.
No sé como llego pero sí cuando se apodero de mí.
Este inesperado amigo no se lo deseo a nadie, ni al peor de mis peores enemigos.
Tendré que ahogarle en cerveza o adormecerlo con el humo de algún cigarro pero, sinceramente, lo quiero lejos, bien lejos.
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