A veces, me gustaría encontrarme con aquel pequeño de siete u ocho añitos que fui. Abrazarlo muy fuerte y decirle que todo va a ir bien, que muchas cosas cambiarán pero que tiene que ser fuerte y confiar en sí mismo.
Me encantaría mirarlo a los ojos y guardar para siempre esa inocencia, esa ingenuidad con la que se cuestiona todo. Vería el mundo de una manera totalmente distinta. Pero, y él, ¿qué me diría?
Seguro que me miraría muy enfadado y me diría algo como que no me tomo las cosas con calma, que muchas veces soy mi peor enemigo y que casi nunca dibujo con lo que me gustaba hacerlo.
Tenemos tanto que desaprender para volver a ser realmente quienes somos. Sigo trabajando en eso de encontrar la mejor versión de mí mismo pero cuesta. No es tan fácil eso de contentar al adulto y al niños que llevamos dentro.
Algún día, encontraré esa paz. Llegaré a ese equilibrio.

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